- Estos lunes ya no son como los de antes, ¿verdad? - dice, y no sé si me habla a mí, pero cuando me vuelvo comprendo que no le queda más remedio que hacerlo, porque detrás de mí no hay nadie.
Mientras que la señora que nos está haciendo esperar decide rebajar el volumen de sus exigencias, asiento con la cabeza sin comprender a qué se refiere exactamente. Lo lunes son por naturaleza los días más iguales entre sí, me digo, cediendo sin resistencia a la tentación de definir. Los lunes son tristes, grises, monótonos como la rutina, como las obligaciones, como el sonido de los despertadores y las aulas de los colegios. Pero él no piensa como yo, porque enseguida vuelve a la carga.
- No hay más que ver este pasillo, al pescadero de ahí al lado, tan achantado y tan formal él, con las que liaba antes, y al de las aceitunas de enfrente, que como ya no tiene con quién discutir ... Fíjese, fíjese. Todo el mundo callado, serio, tranquilo.
En fin, que eso parece un entierro de tercera.